Los Colegios Electorales de EE.UU. ¿Por qué es “así” el sistema electoral norteamericano?

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Manuel Suárez-Mier

Se ha vuelto un lugar común denunciar que el sistema electoral de EU es “poco democrático” al no contar con sufragio universal y directo y que hay que cambiarlo, sin entender las razones de su existencia y cómo se trata de un elemento básico en el genuino federalismo que el nuevo país se ingenió al nacer.

A diferencia de otras naciones como los que pertenecimos al imperio español, los orígenes de EU se remontan a colonias independientes con distintos propósitos, creadas por empresas y personas disímbolas que se dieron leyes y formas de operar y hasta religiones disímiles.

Los habitantes de las 13 colonias americanas eran súbditos del rey de Inglaterra, en una relación mucho más distante que para quienes vivían en las colonias españolas, pues el vínculo de un virrey que representaba al monarca, dictaba leyes y se aseguraba que se cumplieran y hasta imponía las costumbres.

Precisamente fue el intento de la corona inglesa por controlar más lo que sucedía en las colonias americanas y su empeño por cobrar mayores impuestos e imponer un monopolio mercantil férreo, como ocurría con las dependencias españolas, lo que llevó a su insurrección contra la Inglaterra.

Lo que siguió fue la epopeya militar bien conocida y el caos administrativo por el vínculo común que se dieron las colonias, los Artículos de Confederación, que creaban una alianza entre ellas, con una asamblea de representantes con acotadas tareas, como emitir deuda, pero no los medios para recaudar ingresos.

Al alcanzar la improbable victoria militar, EU empezó a operar como entidad autónoma en forma por completo disfuncional pues cada uno de los estados jalaba por su lado, atendiendo solo sus propios y limitados intereses.

Llegar a un acuerdo de libre comercio entre los estados en la convención de Annapolis de 1786, dado que se habían dedicado a adoptar alcabalas y otros obstáculos al comercio, fracasó pues la mitad de los estados no llegó, mientras que la deuda emitida por la confederación se cotizaba a 1% de su valor facial pues la esperanza de pago era remotísima.

La creciente frustración con el fiasco de la unión llevó a convocar a la convención constituyente de 1789, pues los principales pensadores del nuevo país habían caído en cuenta que de no organizarse mejor, su incipiente país iba al caos e invitaba a la guerra civil y a la intervención extranjera.

Esa convención tuvo que hacer todo tipo de tejemanejes para conseguir el apoyo para una nueva constitución que incluía un gobierno nacional hasta entonces inexistente, por lo que los estados insistieron en adoptar los mecanismos para preservar sus autonomías ante esa nueva autoridad.

La definición de los poderes que integrarían el nuevo gobierno, un Legislativo omnipotente, un Ejecutivo fuerte pero acotado y un poder judicial que impusiera la ley y vigilara que los otros poderes no excedieran sus funciones, se hizo con la soberanía de los estados como prioridad, razón de ser del Colegio Electoral.

Pero… ¿Por qué el proceso electoral en EE.UU. para elegir presidente es tan enrevesado?

Todo empezó por la importancia que las 13 colonias a confederarse en una unión daban a su soberanía y a la igualdad de representación que tendrían en el nuevo gobierno.

Ello obligó a negociar y a un proceso de toma y daca en el que eventualmente se llegó a un sistema mixto con el voto popular calificado y el de integrantes del Congreso combinándose en la elección presidencial. El término Colegio Electoral no aparece en la constitución que alude solamente a los “electores”.

El Senado se integraría por dos senadores por estado, independientemente del número de habitantes, mientras que la Cámara de Representantes lo haría por los pobladores que habitaran su territorio, y en función a su número se crearían distritos electorales cuya geografía la definirían los estados cada 10 años.

Para ello, se instituyó la obligación de un censo general de población cada década que serviría para determinar el número de representantes que le corresponden a cada estado, y que las legislaturas estatales trazarían los nuevos distritos electorales derivados de los cambios demográficos.

Vale la pena subrayar que el diseño original del sistema contemplaba el número de habitantes y no el de ciudadanos, concepto que no existió legalmente en EE.UU. hasta la aprobación de la 14ª enmienda constitucional de 1868, y que no todos los habitantes votaban, pues sólo podían hacerlo los hombres blancos, mayores de 21 años, que fueran propietarios de bienes raíces. 

El diseño original se fue modificando con el tiempo. La Guerra Civil acabó con la esclavitud formalmente, y los negros, que hasta entonces contaban como 3/5 de un habitante blanco para fines de representación en el Congreso, aunque no votaran, pasaron a ser ciudadanos cabales en la ley, aunque no en los hechos.

Las mujeres tendrían que esperar hasta hace casi exactamente un siglo, con la aprobación de la enmienda 19ª a la constitución para poder votar, después de una lucha de más de 50 años a favor de su incorporación, mientras que a los indios nativos finalmente se les otorgó el voto en 1924.

Los fundadores de EE.UU. evitaron un sistema de voto directo y universal debido a su temor de una tiranía mayoritaria que amenazara los derechos de las minorías y las libertades básicas y acabara en una dictadura, como lo definió el gran economista John Stuart Mill.[1]

En los últimos 2 siglos más de 700 propuestas para eliminar el Colegio Electoral han sido llevadas al Congreso y no han progresado por la sencilla razón que los muchos estados con pocos pobladores, 7 de los cuales tienen solo un Representante, se niegan a ceder su sobrerrepresentación.

Y eso no va a cambiar en el futuro previsible pues los procedimientos para enmendar la constitución de EE.UU. son endiabladamente complejos, precisamente para que no ocurra como en muchas repúblicas bananeras, que cambian la ley fundamental todos los días al antojo del reyezuelo en turno.

Este artículo fue publicado originalmente en Asuntos Capitales (México) 

Manuel Suárez-Mier

es Profesor de Economía de American University en Washington, DC.

Acerca del Redactor

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